Los
meses de julio y agosto suelen ser los más ansiados cuando llega el verano.
Después de un largo y frío invierno-primavera, el sol, la playa o montaña, las
vacaciones, el tiempo libre, nos permite desconectar de la rutina diaria y
disfrutar de aquellas actividades que más nos gustan.
Sin
embargo no siempre disfrutamos y descansamos de ese preciado tiempo libre. Acostumbrados
a estar más tiempo trabajando y tener una menor convivencia familiar, las
vacaciones vienen a ser la antítesis. Mayor tiempo libre y más horas para estar
en familia. Si no hay una organización del tiempo, unos objetivos y una
adaptación al cambio, esos maravillosos días pueden convertirse en un verdadero
problema de pareja.
La
clave está siempre en la adaptación. Los primeros días son una especie de
analgésico porque nos liberan de la tensión del trabajo, de las relaciones con
los clientes y los jefes. Sin embargo, luego viene ese tiempo sobrante que días
atrás lo cubríamos trabajando, un tiempo donde la convivencia y la comunicación
de pareja es mayor y donde la relación emocional es más fuerte. ¿Qué hacer en
estos casos?
Ante
todo, es necesario establecer unos objetivos comunes para no tener la sensación
de esa pérdida de tiempo libre que termina siendo semillero de discusiones sin
sentido. Hacer algo en pareja, actividades comunes que liberen de esa tensión y
permitan disfrutar de la vida con alegría y optimismo. Por ser las vacaciones
el momento idóneo para salir de la rutina, esas tareas han de ir orientadas a
romper la monotonía.
También
hay que tener presente que las vacaciones no son sinónimo de recobrar todo el
tiempo perdido junto a la pareja. Estar juntos todas las horas del día obliga a
renunciar a ese tiempo que nos dedicamos a reflexionar, a estar solos, a tener
nuestro propio espacio. Si bien es positivo hacer actividades en pareja,
igualmente eficaz es dejar cierta libertad a la otra persona para no verse
agobiada. De esta manera la adaptación será mejor.
La
calma, la paciencia y la tranquilidad han de ser tres herramientas que debemos
utilizar para esos malentendidos y discusiones que, a buen seguro, aparecerán.
Sobretodo en los últimos días de vacaciones, cuando aparece el síndrome
postvacacional o síndrome de la vuelta de vacaciones. En estos casos, hay que
saber escuchar y hablar con tranquilidad, comprendiendo a la otra persona,
tratando de sentir sus dudas, inquietudes o miedos. Nunca debemos utilizar las
discusiones vacacionales para sacar a relucir lo peor de la otra persona, las
desavenencias que tiempo atrás parecían superfluas e íbamos guardando en el
subconsciente. Las vacaciones son una oportunidad de conocernos a nosotros
mismos y conocer a la otra persona. Las actividades en común nos permiten ver
el lado bueno de la gente porque nos permite colaborar, hacer cosas en
beneficio del otro.
Las
vacaciones suelen ser un constante test de pareja donde se valora si la
relación es fuerte y ambos están preparados para afrontar las cosas con
madurez. Diversos estudios confirman que uno de cada tres se divorcia tras las
vacaciones como única vía para resolver los conflictos. ¿Realmente esa es la
solución?
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