Es significativo que en
las últimas décadas, con los avances tecnológicos, dediquemos esfuerzos a hacer
la vida más sencilla, independiente y enriquecedora y, sin embargo, nos veamos
subordinados por hábitos y actitudes preconcebidas, en un estilo de vida donde
la rapidez con que suceden los acontecimientos no dan margen para la reflexión,
el análisis y la crítica. Internet, las redes sociales y los medios de
comunicación nos proporcionan una información a la carta, enlatada, dispuesta
para que nos informen al instante, antes de quedar obsoleta. Continuamente nos
bombardean con estímulos que impiden ver la realidad en toda su riqueza,
limitando y bloqueando nuestra capacidad de discernir. Seguimos viviendo una
educación estática, condicionada por la cultura, la sociedad y la familia.
Frente a esta falta de
dinamismo es necesario desaprender, rechazar viejas creencias a favor del
pluralismo, abrir la mente a la experiencia, aceptar nuevos estímulos e
impresiones y cambiar los hábitos de pensamiento. En esta sociedad tecnológica
y no industrial, de la que nos habla Eduardo Punset, es necesaria una auténtica
honestidad intelectual donde cuestionemos las cosas objetivamente, observando y
analizando la realidad de manera crítica y creativa. Un cambio de opinión no
significa traicionar las propias ideas sino aceptar que puede haber nuevos
caminos, otras realidades que difieren de las aprendidas anteriormente. No
podemos conformarnos con soluciones ya establecidas, debemos buscar otras que
nos lleven a un mejor conocimiento. Ya Descartes nos recomendaba que «para
alcanzar la verdad es preciso una vez en la vida despojarse de todas las
opiniones recibidas y reconstruir de nuevo todo el sistema de nuestros
conocimientos». Elsa Punset, en su obra
Brújula para navegantes emocionales, nos recuerda las palabras del escritor
Alvin Toffler: «… en el futuro, la definición del analfabetismo no será la
incapacidad de leer, sino la incapacidad de aprender, desaprender y volver a
aprender». Para Elsa Punset, este es un proceso lento, que exige dedicación,
sobre todo en las fases iniciales cuando tenemos que reconsiderar, poco a poco,
cada creencia y prejuicio.
La necesidad de un cambio
de rumbo
Para que se produzca el
cambio hay que tener en cuenta dos factores que ayudaran en el proceso de
desaprendizaje. Por un lado, es necesario
partir de cero, revisar las ideas establecidas y crear nuevos conceptos.
Estamos acostumbrados a la fijación funcional, a resolver los problemas de una
forma rutinaria, siguiendo siempre un mismo patrón. Si cambiamos nuestra manera
de organizar los procesos de pensamiento y aprendemos desde un enfoque más
creativo, conseguiríamos romper nuestras limitaciones. En este sentido, es una
alternativa la potenciación del pensamiento lateral como método para abrir la
mente a otros criterios, para ver las cosas desde otra perspectiva y para
reformar nuestras convicciones.
Por otro lado, es
imprescindible desacelerar, cambiar el ritmo de vida sin llegar a la pasividad.
Actualmente estamos inmersos en un exceso de trabajo, arrastrados por la
frenética actividad productiva, la desproporcionada ambición y el alto
rendimiento. Aunque vamos adentrándonos en la cultura del ocio, esta se
presenta más como un producto de consumo que como una necesidad. Apenas hay
tiempo para la introspección. Dedicamos pocas horas a replantear las ideas,
analizar nuestros sentimientos, reflexionar, observar la vida, la naturaleza y
nuestro entorno.
La calma no es sinónimo
de inactividad
En ese camino hacia la
desaceleración cobran gran importancia el ocio y el descanso. Al contrario de
la creencia popular, ambos conceptos son valiosas herramientas que nos ayudan
en la transformación. Siempre se han relacionado con la holgazanería, la pereza
y el desinterés. El ocio, según la Real Academia Española, es la cesación del
trabajo, inacción o total omisión de la actividad; mientras que descanso
significa quietud, reposo o pausa en el trabajo o fatiga. En este sentido, el
tiempo destinado a esta pausa, a esta falta de trabajo, aparenta ser inútil,
vacío y frívolo. Resulta un momento triste y amargo incluso para quien dispone
de mucho tiempo libre.
Históricamente el ocio
fue considerado un don divino según Virgilio, un privilegio de la minoría,
propio de la aristocracia que podía dedicar el tiempo a no producir, mientras
que el resto de la población debía dedicar la mayor parte de las horas a
trabajar para subsistir. Trabajo y ocio siempre han sido dos conceptos
antagónicos unidos a la productividad y el consumo. Thorstein Veblen, en su
obra Theory of the Leisure Class, afirmaba que el ocio era como un «consumo no
productivo de tiempo». Desde la Revolución Industrial, se entiende que solo
puede haber un crecimiento y desarrollo económico a través del trabajo, la
producción y el consumo. El ocio, en este sentido, choca con el modelo del
sistema capitalista al entenderse que son valores sociales improductivos.
Lejos de la realidad y en
su justa medida, el ocio y el descanso son fundamentales para el progreso
social y la salud física y mental de las personas. No supone una pérdida de
tiempo. El ocio, en consonancia con las ideas del sociólogo francés J.
Dumazadier, no tiene por qué ser toda ausencia de trabajo. Son actividades que
realiza voluntariamente un individuo para conseguir liberarse de sus obligaciones
laborales, sociales y familiares. Es una actividad que proporciona creatividad,
motivación, autoconfianza, satisfacción y diversión. Sirve de aliciente ante un
trabajo poco gratificante, compensando ese tiempo de tareas obligatorias con
otro que le permite renovarse. Gracias a esto, nos liberamos de aquellos
inhibidores latentes, circuitos cerebrales que eliminan todas aquellas
interferencias exteriores cuando realizamos una tarea. Porque estos inhibidores
nos cierra las puertas a nuevas ideas y nuevas experiencias.
Hay que dejarse llevar
¿Cuántas veces nos vemos
atrapados en un problema sin aparente solución? ¿Cuántas horas hemos perdido
buscando respuestas hasta llegar a un callejón sin salida? Y, sin embargo, tras
desistir en el empeño y centrarnos en otra tarea distinta nos viene la
respuesta. Son muchos los científicos, humanistas, artistas y escritores que
estando ocupados en una labor descubrieron algo que nada tenía que ver con lo
que estaban haciendo. ¿Pura casualidad? No, se trata de serendipia.
Los
hallazgos aparentemente fortuitos surgen de un largo proceso de preparación e
investigación. Cuando dejamos de trabajar en un problema, al abrir la mente a
la imaginación, la reflexión y a estímulos externos, divagando sin rumbo
aparente, se pone en marcha la red del punto muerto y el inconsciente incuba
ideas que pueden ser útiles. El ocio, el descanso y la ensoñación nos permiten
llegar a ese estado de inactividad consciente para que el inconsciente genere
nuevas ideas. Einstein solía tocar el violín o leer novelas de Dostoievsky,
Gandhi solía tejer, Bach estaba convencido de que el mejor momento para crear
era entre la vigilia y el sueño y otros tantos utilizaban prácticos métodos
para hacer limpieza del cerebro y desarrollar nuevas ideas.
Actos tan cotidianos como
leer un libro, construir una maqueta, pasear contemplando el paisaje, cuidar
plantas, nadar o cualquier otra distracción, además de relajarnos potencian la
creatividad, fortalecen el rendimiento; limpian y oxigenan la mente de los
prejuicios y la ofuscación; previenen el estrés, la ansiedad, la depresión y
las enfermedades cardiovasculares; son una vía de escape ante las emociones
negativas, la apatía y el bloqueo mental; y crea un sentimiento de integración
y apoyo social.
De esta forma,
envolviéndonos en ese estado al que llaman flow (fluir), dejándonos llevar por
aquellas actividades que nos gustan, que elaboramos despreocupados y nos hacen
olvidar el tiempo, conseguimos desacelerar, ver la realidad desde otra
perspectiva y abrir la mente a nuevas ideas para volver a aprender.

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